Muy probablemente éste no sea un tema novedoso para muchos de los que se desenvuelven en el medio de la Narrativa Gráfica chilena. Sin embargo, para quien como yo es un recién llegado al mundo editorial, el fantasma de la lucha intestina entre los dibujantes y guionistas de cómic era uno de los temores más latamente anunciados por muchos de los que me prevenían para no emprender ésta aventura.
Una pequeña muestra surge en la columna de Miguel Angel Ferrada (A la Hora de Repartir), que publiqué en el sitio web de la editorial, donde se intentaba dilucidar una forma de valorar el tiempo invertido por cada uno de éstos dos personajes en la creación de un cómic, y por consiguiente su recompensa respectiva sobre los resultados del producto.
Antes de proseguir, una contextualización: vivimos en Chile, la industria comiquera es inexistente y no contamos con un Alan Moore o un Frank Frazzeta (QEPD), todavía (reemplace aquí los nombres que usted prefiera y/o admire).
Me ha tocado presenciar dos situaciones que me hicieron poner alerta sobre el tema y que hoy me motivan a escribir ésta nota. Los nombres de los protagonistas han sido omitidos para proteger a los inocentes.
En la primera de ellas, tenemos a un dibujante que además se declara interesado en aprender a escribir guiones. Daba una charla sobre como ofrecer su trabajo en internet y concretamente dijo: “sean honestos y directos, no ofrezcan más de lo que pueden hacer ni sean demasiado vagos en la especificación de lo mismo” (palabras más, palabras menos). No ofrezcas dibujar como Manara ni digas que puedes dibujar cualquier cosa. En ambos casos se corre el gran riesgo de sembrar demasiadas expectativas, que la mayoría de las veces terminan en una profunda decepción. Aunque ya conocía al dibujante de marras, esas palabras me lo pintaron de una forma nueva, en que pese a su juventud, tenía la pasta para llegar a ser un grande en corto plazo, no sólo en su especialidad (dibujar o escribir) sino en su proceder como ser humano. Huelga decir que la misma honestidad y pragmatismo son aplicables al guionista, al dibujante y en general a cualquier oficio o profesión, agrego yo.
Y en la otra situación que me tocó presenciar, tenemos a estas dos bestias enfrentadas: el guionista y el dibujante, ambos imbuidos de una sensación de poder y autoridad sobre el trabajo del otro. El guionista exige su derecho sobre el dibujante, para que éste represente aquello que el primero quiso visualizar al escribir. El dibujante, por su lado, exige su derecho a aportar su visión sobre la mejor forma de narrar en forma gráfica lo que el guionista quiere contar en su texto. Me tocó ver y escuchar como el que uno de los dos considerara irrelevante la queja del otro, produjera el efecto casi de una bofetada en el rostro de su rival. Y me tocó ver además, como surge préstamente algo así como una “defensa gremial” entre los bandos, con otros dibujantes y guionistas aleonando previa y privadamente a los contendores.
Hace algun tiempo, tuve un ligero desencuentro con un dibujante, por la autoría de cierto personaje. Como yo escribo el guión, pensaba que el dibujante (cualquiera que fuera) sólo se limitaría a poner en imágenes mi propio universo gráfico (el que soy incapaz de representar en otro medio que no sea el escrito). Pero, avanzando un poco el intercambio de opiniones, muy luego advertí que en toda creación de éste tipo, ambos son padres de la criatura, con igualdad de derechos. El Batman de Miller no es el mismo Batman de otro dibujante, por ejemplo. Cada artista se basa en lo que el guionista plantea, pero inevitablemente agrega cosas que le pertenecen, o que quiere expresar sobre ese mismo material inicial. Mampato de Oscar Vega no es el mismo Mampato de Themo Lobos, para poner un ejemplo más cercano.
Lo que parece ser tan obvio, resulta muy difícil de aceptar. Y los argumentos de uno y otro bando no dejan de parecerme absurdos en algunos casos. Un editor podrá decantarse por cierto guionista o cierto dibujante basado en términos estrictamente comerciales (¿Moore vende más que Rauch, no es así?) pero que un guionista o dibujante se considere mejor o más autorizado que otro por haber publicado (dibujado, escrito) más páginas me parece, por decir lo menos, injusto. ¿Cuántas páginas ha editado Rob Liefeld? ¿Cuántas páginas a escrito Coelho?
Conozco un dibujante muy talentoso, que sin embargo ha publicado mucho menos que otros porque es en extremo exigente consigo mismo, dado lo cual se resiste a publicar un trabajo hasta que lo ha revisado e incluso vuelto a dibujar por completo. Conocemos otros en que su producción es mínima porque se demora mucho en cada página, pero su talento está fuera de toda discusión.
Entonces, para terminar, dos cosas:
1. La autoridad para dirimir la calidad de un trabajo no pasa por la cantidad de producción, sino por la calidad de la misma. Si me toca un editor mediocre que edita cualquier cosa que yo dibuje o escriba, no significa que tenga yo más talento, sino que el editor es mediocre. Y la calidad de mi trabajo pasa por factores tales como: responsabilidad, eficiencia, honestidad, compromiso, etc. Todos factores que no descansan en la mano, el procesador de textos o el lápiz.
2. La batalla de estas dos bestias es inútil, estéril y sobre todo para un medio como el chileno, profundamente egoísta y cortoplacista. Como guionista, me sentiré orgulloso porque un dibujante acepte mis ideas y las lleve a imagen, así como agradeceré sinceramente el que su talento se ponga al servicio del mío, contribuyendo además con su propia visión de la historia, sus personajes y acontecimientos. Y el dibujante debiera también sentir orgullo porque un guionista ponga en él la responsabilidad de ser sus manos para representar las imagenes que bullen en su cerebro creativo, tomando como un desafío el que sus dibujos entren en sintonía con la imaginación del guionista. Es cierto que cada uno de ellos podrá decidir si trabajar o no con determinado dibujante o guionista, ya que todos somos dueños de nuestro criterio y preferencias, pero una vez formado el equipo se convierten en una unidad que debe remar para el mismo lado, debe complementarse, debe ser un aporte al resultado final, no una resta ni menos un obstáculo.
Cierto general dijo una vez: “Los triunfos en solitario son muy tristes, no tengo a nadie a quien abrazar en la cima“.
El Editor.
